Hablar de inclusión educativa implica mirar más allá de las aulas. Para los niños con autismo, las actividades extraescolares representan una parte esencial de su desarrollo y vida social, y para sus familias una forma de conciliar. Pero también pueden plantear dificultades que requieren apoyos específicos. De eso sabe mucho Jani, venezolana que llegó a Madrid hace siete años, cuyo hijo con TEA Adolfo estudia en el CEIP Leopoldo Calvo Sotelo.
– “Mis hijos estudian en el CEIP Leopoldo Calvo Sotelo, al que tengo muchísimo que agradecer. Es un centro preferente en integración y, cuando Adolfo entró en el aula TEA Girasol, el trato fue muy bueno. Siempre hemos sentido que hay un trabajo conjunto entre el colegio y la familia. No solo trabajaban con él dentro del aula, también nos orientan para trabajar en casa. Para mí eso es fundamental, especialmente cuando hablamos de niños cuyo lenguaje todavía está en desarrollo”.
– ¿Qué importancia tiene la figura del Técnico de Integración Social para un niño con TEA?
– “Enorme. Por ejemplo, Adolfo tenía mucha selectividad alimentaria. Durante un tiempo lo sacaba del colegio a comer porque en el comedor gritaba y se ponía muy nervioso, y era una situación muy difícil para él. Gracias al trabajo del Técnico de Integración Social consiguió aprender a comer en el comedor escolar y hoy ya puede hacerlo con normalidad”.
– ¿Su labor en los patios también es importante?
– “Sí. Trabajan la socialización en el patio, crean dinámicas para que los niños puedan relacionarse con sus compañeros de forma natural y acompañan, tanto al alumnado como a las familias, durante el proceso. Son una figura imprescindible porque entienden sus necesidades y saben cómo ayudarles a desarrollar su autonomía y participar en la vida del colegio”.
– ¿Cuándo os disteis cuenta de que ese apoyo también era necesario en las actividades extraescolares?
– “La primera vez lo apuntamos a una actividad extraescolar. Había monitores, pero cuando conocieron a Adolfo nos dijeron que no podían atenderle por presentar algunas características propias de su autismo: movimientos estereotipados, inquietud, irritabilidad y necesidades que requerían conocimientos específicos. Dijeron que no podía continuar porque no tenían las herramientas necesarias. Como yo no trabajaba, lo saqué de la actividad y no le di demasiada importancia. A los cuatro años conocí a otras madres de niños con TEA del colegio y entendí que no todas las familias podían llevárselo a casa y necesitaban conciliar. Sus hijos estaban siendo rechazados de las extraescolares por no existir los apoyos adecuados. Ahí me di cuenta que no era un problema individual, sino una necesidad que afectaba a muchas familias”.
– ¿Qué hicisteis para cambiar esa situación?
– “Entré en el AMPA para ayudar en todo lo que pudiera a los niños con necesidades educativas especiales. Se contrató una empresa de actividades extraescolares que aportó un Técnico de Integración Social. Gracias a ello varios niños pudieron incorporarse a las actividades. Pero ese apoyo no era suficiente para cubrir todas las empresas y todas las actividades, ya que no lo lleva una sola. Conseguimos que la cuota anual del AMPA aumentara 50 céntimos por familia y con esa pequeña aportación se pudo financiar un segundo TIS para apoyar otras actividades extraescolares. Una solución sencilla, asumible para todos, que ha permitido que muchos niños puedan participar. Agradezco a la comunidad del AMPA del colegio la solidaridad de cada familia que aun no teniendo niños con necesidad están siempre ayudando”.
– ¿Habéis creado incluso un grupo de apoyo?
– “Si, esto no lo hice sola. Hemos creado una comunidad “lazos de confianza” donde más de 35 familias del cole con niños con NEE estamos ayudando, investigando y aportando toda la información posible”.
– ¿Cómo ha sido el proceso de adaptación de los niños?
– “Cada niño necesita encontrar su sitio. Un niño empezó en judo y no consiguió adaptarse. Cambió a atletismo y ahora disfruta muchísimo. También comenzó ajedrez y las primeras semanas parecía que no avanzaba, pero a la tercera empezó a mover las piezas y participar. Un pequeño paso que para nuestras familias supone muchísimo. Otra niña, no se encontraba cómoda en “pinta la música”, se cambió a multideporte y fue completamente feliz. Con estos niños hay que tener paciencia, constancia y buscar aquello que realmente les gusta. Cuando encuentran el entorno adecuado, progresan”.
– ¿Y cuál ha sido la evolución de Adolfo?
– “Ha evolucionado muchísimo. Va a extraescolar de inglés y ya no necesita el apoyo constante del TIS. Le encanta y disfruta muchísimo. No todos tienen los mismos intereses. Si hubiéramos insistido en deporte, habría sido una experiencia negativa para él. Ahora ha encontrado una actividad que realmente le apasiona”.
– ¿Crees que esta figura del TIS también es necesaria fuera del colegio?
– “Completamente. Lo he vivido este verano en el campamento. El año pasado había un Técnico de Integración Social y fue maravilloso. Adolfo estuvo integrado con el resto de los niños durante todo el mes y disfrutó muchísimo. Este año ese apoyo no existía y, tras una incidencia, tuve que sacarlo del campamento. Eso demuestra que la inclusión no depende únicamente del niño, sino también de los apoyos que existan alrededor”.
– ¿Qué mensaje te gustaría transmitir?
– “Que debemos seguir haciendo un trabajo de sensibilización desde el respeto, el cariño y la información. No se trata de victimizarnos, sino de explicar qué es el autismo, cómo piensa un niño con TEA, cómo reacciona y qué necesita para participar en igualdad de condiciones. Ser una familia neurodiversa no significa vivir una tragedia. Nuestros hijos nos enseñan cada día el valor de las cosas sencillas, la importancia del amor y una forma distinta de entender la vida”.







