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Jerez, Capital Española de la Gastronomía

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En Jerez, el vino, la cocina y el flamenco no son atractivos turísticos, sino parte de la vida diaria. La capitalidad gastronómica de 2026 sitúa a la ciudad en primer plano, una oportunidad para recorrer un destino donde tradición y oferta cultural conviven de forma natural.

Cuando la Feria del Caballo entra en su apogeo, Jerez de la Frontera vuelve a situarse en el mapa. Durante unos días, la ciudad acapara la atención por su capacidad de mezclar tradición, fiesta y puesta en escena. Pero este 2026 hay un motivo añadido para mirar hacia ella más allá del calendario festivo: su designación como Capital Española de la Gastronomía.

La coincidencia funciona como punto de partida, no como destino. Porque si algo define a Jerez no es un evento concreto, sino una forma de vida en la que la comida y el vino ocupan un lugar central.

Empezamos nuestro recorrido en las bodegas. Bajo la Denominación de Origen Jerez-Xérès-Sherry, la más antigua de España, se desarrolla un sistema de crianza único que explica buena parte de la identidad local. En espacios como Bodegas Williams & Humbert, las botas alineadas en grandes naves y el ambiente controlado permiten entender cómo evolucionan los vinos a lo largo del tiempo.

El fino, ligero y seco, es el más presente en el consumo diario. El amontillado y el oloroso aportan perfiles más complejos. Esta cultura no se limita a la visita organizada: se traslada a los tabancos, donde el vino se sirve directamente de la bota y la comida aparece como acompañamiento natural.

Ahí es donde la capitalidad gastronómica encuentra su sentido. La cocina jerezana no responde a una tendencia reciente, sino a una continuidad. Platos como la berza —guiso de garbanzos, verduras y carnes— siguen formando parte de la dieta habitual. El tocino de cielo mantiene su origen vinculado a la tradición conventual y al aprovechamiento de las yemas utilizadas en el vino. La zurrapa de lomo, conservada en manteca, aparece en desayunos y comidas informales.

A esta base se suman productos del entorno gaditano que amplían el recetario: el atún rojo de almadraba, los quesos de la Sierra de Grazalema o ingredientes procedentes de las marismas cercanas. En muchos casos, el vino no actúa solo como acompañamiento, sino como parte integrada en la elaboración.

El recorrido por la ciudad se apoya en un conjunto patrimonial que explica su evolución histórica. El Alcázar de Jerez, uno de los principales ejemplos de arquitectura almohade en Andalucía, conserva jardines, baños árabes y antiguas estructuras defensivas. A pocos minutos, la Catedral de Jerez y la Iglesia de San Miguel muestran la transición entre el gótico, el renacimiento y el barroco, en un entorno urbano donde abundan casas palacio vinculadas al comercio del vino.

Espacios como el Gallo Azul o el conjunto de la Atalaya, con el Palacio del Tiempo, completan un centro histórico que se recorre a pie entre plazas, calles estrechas y la constante presencia de bodegas.

El flamenco constituye otra de sus claves. En barrios como Santiago y San Miguel, su presencia sigue vinculada a la vida cotidiana, más allá de los escenarios. La figura de Lola Flores proyecta esa tradición a nivel internacional, pero no la agota. El caballo completa la imagen. En la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre se mantiene una tradición que alcanza gran visibilidad durante la feria, aunque forma parte de la actividad regular de la ciudad. A ello se añade un elemento contemporáneo como el Circuito de Jerez-Ángel Nieto, que sitúa a Jerez en el calendario deportivo internacional.

La capitalidad gastronómica de 2026 introduce una programación específica, que te recomendamos consultar, pero sobre todo permite ordenar y destacar una realidad previa. Jerez no construye un relato nuevo, sino que refuerza uno existente, basado en la relación entre vino, cocina y vida cotidiana.

Texto: N.A/E.S. Fotos: Open Comunicación/ Turismo Jerez