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Zitus Madrid, número 172

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Un año. ¡Ha pasado un año! Y no sé vosotros, pero para mí parece que fue ayer, cuando pese a toda la información que nos llegaba desde afuera no supieron prever la que se nos venía encima. Y nos vino encima en un abrir y cerrar de ojos ¡Quién sabe si se hubieran podido evitar tantas muertes!

Recuerdo cada detalle, cada instante, cada paso, cada lágrima, cada pensamiento de impotencia, cada agonía, cada dolor… Recuerdo la cara de incertidumbre de mis hijos cuando de un día para otro se cerró el colegio, el miedo en sus rostros, la angustia de no poder ver a su abuela, a sus tíos, a sus primos, a sus amigos y pese a eso qué bien lo llevaron. Recuerdo la tristeza de mi madre encerrada en su casa, la responsabilidad de mi hermano mayor y mi cuñada cuidándonos a todos, el ejemplo de todos mis sobrinos adaptándose a las circunstancias. Y pese a eso, qué bien lo han llevado. Recuerdo esas conversaciones con mis compañeros de prensa local de Madrid, esa impotencia de ver como no podíamos salir a la calle después de tantos años de trabajo, esa desesperación de los comercios de barrio al haber tenido que echar el cierre. Y pese a eso, aquí seguimos dándolo todo.

Desde Zitus Madrid hemos querido rescatar a algunas de esas personas, de los distintos ámbitos de la sociedad, que nos dieron su personal visión hace un año de lo que estaban viviendo, para saber qué recuerdan, cómo ha transcurrido este año y sus expectativas a corto plazo. Para mí, ya no solo como directora sino personalmente, fue un número muy especial, el más importante, -junto al primer número de Zitus Madrid en 2005-, que he hecho nunca. Y eso pese a la tristeza de no haber tenido la edición en papel. Un pequeño recuerdo con este especial, que no homenaje, – porque hacer un homenaje del peor episodio que nos ha tocado vivir sería contradictorio- con el que recordar a los que ya no están aquí, a los que se fueron.

Y aquí permitirme poner un solo nombre que represente a todos ellos, el tuyo Cesar. Mi conserje durante tantos años, pero sobre todo mi amigo, mi cómplice, mis manos. ¡Qué bueno eras, carajo! Servicial, generoso, siempre sonriendo, trabajador, amigo de todos los niños de la comunidad. Seguramente desde el cielo estarás diciendo: ay doña Natalia, no me diga esas cosas. Nada que no te hubiera dicho en persona, aún después de mudarme de casa. ¡Cómo querías a mis hijos y a mi madre! Voy a echar de menos nuestros paseos al coche mientras hablábamos del futuro.

Prometerme una cosa vecinos, ¡no bajemos la guardia!

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