Qué distinta es la imagen que guardo en mi retina de la primera vez que Zitus Madrid fue testigo del comienzo del curso escolar, en los colegios de Sanchinarro, Las Tablas y Montecarmelo, a la vivida hace escasas semanas, donde la pandemia originada por la Covid19 marcó el regreso a la escuela. Pese a ello, he de decir que había un denominador común: la alegría de los chavales por volver al colegio. Algo que no hacían desde hace seis meses.

Solamente a los más pequeños se les podía ver sonreír con la boca. El resto lo hacía con la mirada, al cubrir su rostro con la mascarilla. Pero solo hacía falta detenerse unos segundos para escuchar sus conversaciones y sentir la misma emoción que ellos sentían: ¿A ver en qué clase me ha tocado?, ¡Que sí, mamá que me lavo las manos con el gel!, ¿Podremos jugar en el patio?, ¡Qué ganas tengo de ver de nuevo a mis amigos!

Las preocupaciones por esta vuelta, las medidas de seguridad adoptadas por cada centro escolar, el temor de las familias a posibles contagios o confinamiento de aulas, estaban muy lejos de lo que realmente les preocupaban a los alumnos, locos por volver a esa rutina, que perdieron de un día para otro, muchos sin saber el por qué.

“Guarda la distancia con tu compañero, por ahí no vete por el circuito pintado en el suelo, no se baja la mascarilla ni se comparte el material…” Estos han sido los gritos de guerra de los profesores, -muy implicados en conseguir que todo salga bien-, ante la atenta mirada de los directores de los centros educativos, durante las primeras semanas. Ellos, los niños, independientemente de su edad, han dado y están dando, una vez más, la lección más grande que pueden dar: su capacidad de amoldarse a las circunstancias. Algo que, por lo menos para mí, merece todo tipo de elogios y admiración.

Recuerdo el día antes de que comenzara el colegio, cuando a uno de mis hijos le dije: Este año va a haber una clase más, donde habrá alumnos de varias clases y puede que no te toque con tus amigos. Lejos de contestar “vaya porra” o “pues yo quiero con mis amigos”, me miró y me dijo: no te preocupes puede ser una buena oportunidad de conocer a otros niños.

Y es entonces cuando pensé: yo quiero volver a ser niña. Volver a tener esa capacidad de adaptación, esa capacidad de no perder la sonrisa o esa capacidad de conseguir que lo que para los adultos puede ser un problema para ellos es un reto o una nueva oportunidad.

Y eso vecinos, es lo que ahora mismo necesitaría para poder encauzar el futuro de Zitus Madrid.