Regresa al Callao City Lights con “Es mi palabra contra la mía”. Un espectáculo lleno de ingenio y ternura, que se vio interrumpido por la crisis sanitaria el pasado mes de marzo.
Texto: N. Arechederra Fotos: D. Martínez/D. Mantis

Más de veinte años de trayectoria avalan a este monologuista gallego, acostumbrado a subirse al escenario solo con un micrófono, su voz y su vertiginoso ingenio. Y ahora lo hace con este show, – que se representa bajo estrictas medidas de seguridad que garantizan un espectáculo libre de riesgos-, que es un homenaje a la vieja normalidad.

¿Con qué espíritu afronta su regreso a Madrid tras la pandemia?
“Con muchísimas ganas y, al igual que en el Aikido, utilizando la fuerza del oponente a mi favor. El oponente es la pandemia que ha hecho que ahora mismo una sonrisa sea uno de los mayores lujos que podemos permitirnos. Necesitamos reírnos más que nunca. Necesitamos recordar que músculos se movían en nuestra cara cuando éramos felices. Afronto el regreso consciente de tener una gran responsabilidad entre manos. Ahora mismo reírse es imprescindible”.

¿Y lo hace en un escenario que durante siete años tantas alegrías le ha dado?
“Los Cines Callao, en la Gran Vía de Madrid, ha sido mi teatro y el de mi compañero Goyo Jiménez estos últimos años. Allí he presentado cuatro espectáculos y todos han sido un grandísimo éxito personal y profesional. Este último, sin duda, es el mejor. Y en estos días, además, es un desafío”.

¿Qué nos vamos a encontrar?
“Un show de humor, de mucha risa, un espectáculo de stand-up comedy y un homenaje a la vieja normalidad. El espectáculo previo a la pandemia hablaba de que la vida siempre está constelada de disgustos y desencanto. Sin embargo, hay una manera de seguir adelante. Sea lo que sea lo que se nos venga encima, el humor siempre hace la vida soportable. Creo que hoy este mensaje y este espectáculo tiene todavía más sentido y más fuerza que cuando se estrenó”.

¿Necesitamos reír y el teatro reactivarse?
“La gente acude al teatro como el que acude a un chamán o a un nigromante: con ganas de que algo mágico suceda. La gente necesita volver a sentirse feliz. El teatro, la danza, la música la comedia… la cultura en general es una de las pocas cosas que hacen que la vida valga la pena. Mis compañeros de gremio y yo seguimos trabajando para que nadie se olvide de sonreír. La gente está empezando a venir a los teatros y suele salir satisfecha. Cosa que no pasa cuando visitan a los nigromantes. He visto espectáculos on-line de algunos compañeros y también alguno en vivo. Al principio se hace un poco extraño lo de la mascarilla y la distancia interpersonal, pero enseguida uno se acostumbra”.

¿En qué ha cambiado Luis en estos años de profesión?
“Me está cambiando la voz. Ya no tengo veinte años y como decía el poeta: “aunque ya no soy un niño, espero llegar a serlo algún día.” Intento que los textos sigan teniendo cierta ingenuidad trascendente y he aprendido que hay ciertos temas que, de modo inevitable, siempre aparecen en mis espectáculos”.

¿No se queda helado cuando lee que es uno de los artistas más completos de este país: humorista, ilusionista, escritor, director de cine, etc.?
“Sí. Me quedo un poco helado. No estoy de acuerdo. Yo creo que soy uno de los más incompletos. De hecho la lista de las cosas que NO sé hacer es mucho más grande que la lista de cosas que Sí sé hacer”.

¿De dónde saca tanto tiempo para poder compaginar teatro, televisión y radio?
“El tiempo es el que hay. Intento sacar un ratito para cada uno de esos medios. A la tele y la radio voy un día a la semana, y al teatro dos días. Pero intento que esos ratitos cundan. Intento hacer algo un poquito memorable. Así parece que uno está más presente de lo que realmente está”.

¿Ve con buenos ojos este otoño?
“Soy daltónico, miope y disfruto de una lesión en mi retina izquierda que me anula el centro del campo visual. El otoño lo veo borroso”.