El mismo día que enterraba a su abuela, julio de 2002, tras luchar contra un cáncer de mama, su madre le dijo que los dolores que sentía su padre se debían a un cáncer de pulmón extendido durante años. Y todo a dos meses de emprender su aventura internacional, tras concederle una beca para realizar un año de tesis doctoral en Jena, Alemania. El pasado 11 de febrero fue el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, un buen motivo para conocer la historia de Laura Carranza, vecina de Las Tablas, Licenciada en Ciencias Biológicas y Biomedicina, en Biología Molecular y en Neurobiología.

– “Mi madre me convenció para que me fuera, la beca no podía esperar, era mi vida y debía aprovechar la oportunidad. Ella y mi hermano cuidarían de mi padre. Así que llegué a Jena ese septiembre para formar parte de la primera remesa de estudiantes extranjeros tras un acuerdo europeo para potenciar las universidades de Alemania del Este. Nos alojamos en Lobeda, en antiguos edificios de apartamentos de la DDR”.

Tras matricularse en la Univertität Friedrich Schiller, Laura se incorporó al grupo de investigación del Prof. Dr. Jürgen Bolz, en el que estaban post docs muy brillantes (Dr. Wehr y Dr. Bastmeyer) y un grupo de estudiantes.

– “El Prof. Bolz era el director del instituto de zoología y fisiología animal de la universidad y profesor titular de dichas materias, por lo que mis funciones no se limitaban a investigar las señales moleculares que determinan la migración de las neuronas en el desarrollo, sino que también realizaría tutorías a los estudiantes y vigilaría en los exámenes”.

Se sacó el C1 en Alemán y para “no engordar aún más de lo que lo había hecho con tanto Küchen y Kartoffle”, Laura se apuntó a rugby, -ya jugaba en el equipo Físicas de la Complutense-,  y baloncesto, lo que le permitió además ampliar su círculo social de alemanes.

– “Después de un año de experimentos, cultivos neuronales, inmunofluorescencias, microscópia confocal, PCRs… Bolz me gestionó una plaza en su grupo y me ofreció quedarme para finalizar la tesis. Me dedicaría a intentar descifrar el papel que ocupan unas proteínas llamadas Ephrinas en la migración de las neuronas durante el desarrollo”.

– ¿Siempre rodeada de alemanes?

– “Si. Muchos de ellos al ver que el resto de españoles habían regresado y movieron sus contactos del campus para ponerme en contacto con chicas españolas o hispanas que llegaban a Jena. Y conocí a Luli y Mariana, de Argentina; Laila, que conoció a su marido, también investigador, en un máster en UK y habían solicitado la beca; Aura, mexicana como Laila, se dedicaba a la genética poblacional; Leyre de Pamplona con beca Erasmus; y Carina  que llegó un año más tarde. Mis amigas, mi segunda familia, con las que compartí 4 años”.

Juntas viajaron por todo Centroeuropa y gran parte de Alemania, compartieron charlas interminables, paseos, noviazgos, rupturas, graduaciones, bodas, divorcios, pérdidas de hijos…

– “Todo. Celebramos nuestras primeras publicaciones científicas, incluso nos hicimos camisetas cuando Laila publicó en “Nature” su descubrimiento de un hongo simbiótico productor de una sustancia anti bacteriana. ¡Impresionante!”

Hasta que tuvo que volver a Madrid repentinamente en 2005 tras empeorar su padre, que falleció tres días después de que Laura llegara.

– “Se cumplen 20 años desde que aterricé en Alemania, con ese impulso investigador que recuerdo con cariño. Finalmente opté por el camino menos científico, marketing en la industria médica. Pero todas estas maravillosas mujeres, inteligentes, brillantes, independientes, solidarias, inquietas, que conformaron mi familia continúan su labor investigadora, unas en sus países de origen como profesoras de investigación o universitarias, otras lejos de ellos. Pero todas unidas por una cosa, la ciencia”.