Todavía me acuerdo de aquel día en el que empezábamos a familiarizarnos con la palabra COVID. Ya se ha hecho familiar, hemos incorporado nuevos términos en nuestro vocabulario: confinamiento, EPI, cuarentena… Nos hemos hecho expertos en comunicación a través de los móviles, con todas esas video llamadas que nos mantenían “socialmente vivos” desde nuestros hogares. Whatsapp sigue siendo una fuente constante de compañía.

Pero nada se aproxima a la maravillosa sensación de poder sentir el calor de un abrazo, esas charlas de horas con un buen amigo, el lenguaje corporal o el contacto físico. Esta pandemia ha puesto de manifiesto que la interacción digital no sustituye en nada a la real.

Por mi profesión, orgullosa de lo que soy, tuve y tengo que convivir a diario con el virus y con el miedo a llevármelo a casa y poder contagiar a los míos. Ya me he acostumbrado, no me queda más remedio, pasando por todo el Pantone de colores en este año que hemos pasado: del negro al gris, y actualmente en el gris claro pero sin llegar a ver el blanco, por ahora. Espero que la vacuna, -afortunada de estar ya inmune gracias a ella-, nos deje ver los colores de la primavera y del verano.

En mi retina siguen grabados aquellos terribles momentos de sufrimiento, ver como el virus se apoderaba de esas vidas que apagaba cruelmente y no poder hacer nada salvo acompañarles, las dobles mascarillas, el ruido del oxigeno las 24 horas del día, el sudor como parte de tu uniforme, la marca de las gafas…

Recuerdo el pasarlo mal al despedir a mi familia cada vez que me iba por la puerta y dibujar una sonrisa cada vez que les decía: mama se tiene que ir a cuidar a la gente que esta malita. Entonces me giraba, tragaba saliva, cogía aire y salía al ruedo, al combate duro del hospital.

Pese a estar ya vacunada e inmunizada, sé que no puedo bajar la guardia, es importante tenerlo en cuenta, aunque estoy más tranquila.

Mi vida ha cambiado como la de todos nosotros. Nos hemos vuelto “más caseros”, nos toca apreciar lo que tenemos y valorar lo afortunados que somos, porque lo mejor no está por venir, está por valorar.

¡Qué ganas de que la vida dentro y fuera del hospital vuelva a ser la que era! Ha pasado un año y esto se está haciendo un camino largo y duro, pero poco a poco vamos viendo la luz. ¡Tengo tantas ganas de que termine esta pesadilla!

De momento toca arrimar el hombro un poco más y no dejar de mirar a esa esperanza llamada vacuna.

(Especial 1 Aniversario Pandemia)